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No todas las pandillas son creadas por igual

En Ciudad Juárez, México, una ubicación fronteriza que queda a escasos pasos de Estados Unidos y que fue considerada el epicentro de la ‘guerra contra las drogas’ declarada en el 2006, llevé a cabo trabajo de campo para mi tesis doctoral con adolescentes y jóvenes en riesgo y aquellos que habían participado en el narcotráfico. Encontré que el hecho de haber pasado tiempo en una pandilla durante la infancia y la adolescencia aumentaba la probabilidad de participar en el crimen organizado relacionado con el narcotráfico.[1] Sin embargo, también encontré que la participación en esta forma de criminalidad estaba condicionada por otros factores, incluyendo el tipo de pandilla en la que se ingresó, el tipo de actividades en la que ésta se involucraba y la edad en la que los participantes de mi investigación entraron a la pandilla – los que ingresaban con mayor edad tenían más probabilidades de participar en estos crímenes. En pocas palabras, asociarse con una pandilla contribuye pero no siempre conduce a participar en crímenes serios


Según uno de los pocos estudios recientes sobre pandillas en México, históricamente éstas han evitado el uso de la violencia extrema, y es únicamente en tiempos recientes que las dinámicas sociales de las pandillas en el país han abandonado su lógica tradicional y se han asociado con crímenes de alto impacto y con actores del crimen organizado, aunque el grado de cooperación entre estos actores no está bien documentado. Como un joven juarense que entrevisté me aclaró: ser parte de una pandilla es parte de la cultura en los barrios empobrecidos de Ciudad Juárez, lo que él resumió diciéndome ‘no hay nadie que no pase por las esquinas’. Según su testimonio, nadie puede evitar juntarse en la esquina – el lugar tradicionalmente



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